La fórmula para el éxito

Si, yo sé que el título de esta reflexión es cero originalidad. Una búsqueda muy rápida en google de “la fórmula para el éxito” arroja alrededor de 7450 resultados. ¿Cuál será la correcta, cuales las repetidas? Ni idea.

Y yo tampoco traigo una respuesta innovadora, lamento desilusionarte. Porque creo que al final de cuentas y dejando la filosofía y el pensamiento positivo de lado, no hay una fórmula para alcanzar el éxito. Si querés éxito, tenés que actuar. Así de simple.

Nada ocurre sin acción. Los mapas mentales, los diseños, los planes organizacionales, la pizarra de los sueños, nada de ello nos conducirá al éxito. Tan solo son una ilustración, la puesta en papel de un deseo, pero como dicen que el papel aguanta todo lo que le pongan encima, seguramente también aguantará el hecho de que, si no actuamos, ahí se quedarán los deseos.

Acción. Es una palabra pequeña pero poderosa. Es la que nos llevó a descubrir la rueda, el fuego, la cima del Everest, alcanzar la luna. Es la que nos levanta del sillón y nos conduce a mejorar una relación, a reparar una gotera. Es la que nos levanta en la madrugada y nos lleva a cruzar una meta deportiva. Es la que nos saca de un estilo de vida destructivo y nos convierte en personas de bien.

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¿Qué podemos llegar a fracasar? ¡Claro que si! Y aunque personalmente no me gusta perder, somos muchos los que hemos descubierto que un fracaso tiene dos virtudes importantes:

  • Nos enseña mucho más que un éxito.
  • Nos recuerda que estábamos actuando, lo cuál por si mismo puede ser un éxito.

Los planes estratégicos están bien, la pizarra de sueños seguramente es bella (yo tengo la mía propia), las declaraciones matutinas pueden ser motivantes. Pero sin acción, no son más que papel.

¿Qué lograrías si te animaras a ponerte en acción? Que esa sea tu mejor éxito: actuar.

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Todo para ¡ya!

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Y es que el tiempo apremia, ¿no? Entonces recurrimos al microondas, al servicio express (llevándole el tiempo de la entrega), a los resúmenes de los libros, a los atajos, al proveedor que lo entregue más rápido (aunque luego haya que volver a hacer el pedido porque venía mal)…

El sistema en que vivimos nos empuja a eso, a la rapidez, a la inmediatez, a quererlo todo ya. Hasta hay quien le pide paciencia a Dios, pero que se la dé ya mismo. Todo es competencia, corremos de un lado al otro, tratamos siempre de demostrar que somos los mejores e insuperables, nos enojamos, nos ponemos ansiosos si el que va delante camina más despacio, pitamos cuando el semáforo se pone en verde (aunque seamos el décimo octavo carro de la fila)… Terrible. Y no quisiera pensar en más ejemplos para no ponerme ansioso yo también.

¿Cuándo fue que olvidamos el deleite de disfrutar el momento? No me malentiendan: no es aquello de hacer cualquier disparate que se nos ocurra por la prisa (volvemos a lo mismo) de disfrutar el momento porque la vida puede ser muy corta. Me refiero a esa pausa en medio de nuestro trajín para poder disfrutar lo que estamos haciendo, lo que nos estamos comiendo, lo que estamos conversando, incluso lo que nos estamos diciendo a nosotros mismos.

Cuando hacemos ese tipo de pausas, la vida recobra el sentido y el gusto que ya de por si tiene. Admirar una puesta de sol, el paisaje de las montañas, la sonrisa de un niño, sentir y disfrutar esas emociones que nos producen las cosas buenas de la vida, que la tiene y muchas. Lo he dicho y escrito en otras ocasiones: si tan solo bajáramos las revoluciones, la velocidad, los decibeles, ¿qué cosas descubriríamos? ¿De qué nos estamos perdiendo por llevar la vida de forma tan vertiginosa?

Mi invitación hoy es a que la llevemos más despacio, la vida quiere sorprendernos y estoy seguro que agradeceremos habernos dejado sorprender.