No es tu culpa. Bueno, si…

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Por ahí, en alguna red social, lo he comentado ya. Mi hijo Josué se enganchó del futbol hace poco más de tres años. Primero lo jugaba en la escuela, luego se hizo una pandilla con sus amigos del barrio. Ya luego empezó a ver estadísticas, jugadores y listo, “lo perdimos”.

Cuando alcanzó su cinta roja en taekwondo, hablamos con él y le dijimos que lo felicitábamos por el esfuerzo. Y como estaba ya desenganchado emocionalmente de ese deporte, nos dimos a la tarea de buscarle equipo de futbol. Y ya desde febrero pasado está en uno, donde le recibieron bien, le ha tocado llevar palo, fajarse entrenando y jugando y aprendiendo algunas lecciones de vida.

Yo, como no sé mucho sobre futbol, me limitó a hacerle algunas observaciones puntuales de vez en cuando. Ha sido un espacio interesante para abrirle los ojos a la realidad de la vida.

La más reciente fue en medio de una respuesta que me dio del tipo “es que si nos tocaran mejores árbitros…”.

Ay, mi guapo, ¿cómo te explico?” – fue lo que pensé

Le dije que el árbitro no era el responsable de los resultados que habían tenido ese día. Era un señor de edad mayor, que por ganarse una platita el fin de semana va a llevar sol, aguantar gritos y reclamos de los padres de ambos equipos, ocasionalmente lidiar con jugadores malcriados y entrenadores desubicados. Es poco probable que se haya levantado pensando en que iba a perjudicar a alguno de los equipos. Más bien había que agradecerle que quisiera pitar y que aguantara todo lo que aguanta, porque sin árbitro no hay partido…

El equipo había cometido algunos errores y por ahí fue que vinieron los resultados obtenidos.

Nos pasa muy a menudo en la vida. Vamos por ella buscando responsables y nosotros actuando en el papel de víctimas.  

Ahora bien, personalmente tengo claro que no todo es mi responsabilidad, al menos a un 100%. Yo no comulgo con la idea ampliamente extendida de que todo es mi responsabilidad. Todos fuimos criados con la influencia de figuras que modelaron en nosotros mucho de lo que somos. Estuvimos en un sistema educativo y en un ámbito socioeconómico. Nuestra adolescencia estuvo llena de momentos difíciles y de figuras que también nos modelaron algo. Incluso, ya grandes, nos ha tocado lidiar con los resultados de las acciones de un jefe, de un político, de un vecino.

Incluso, puede ser que apenas estemos dándonos cuenta de cosas de nuestro temperamento y personalidad que estaban ahí y de las que no teníamos noción. Y esas cosas, bueno, también influyeron y nos programaron para actuar y pensar como lo hemos hecho.

No todo es tu culpa.

Pero, como le dije a mi hijo, en el momento en que empezamos a culpar a los demás (árbitros, jefe, pareja, políticos, potenciales clientes, amigos, etc.) de nuestras limitaciones, de nuestros fracasos, de nuestras carencias, empezamos a asumir que lo que hemos hecho está bien, que todo está perfecto con nosotros y listo, se terminó el asunto.

Si los demás tienen toda la culpa, somos las víctimas. Y nos conduciremos como tales.

Nos evitamos reflexionar en nuestras acciones, en nuestras actitudes, en nuestras palabras. Se terminan las autoevaluaciones, las posibilidades de mejora y el crecimiento.

Nos aburguesamos. La vida es la mala de la película, porque “nos niega” lo que “nos merecemos”. Iremos por allí mendingando atención con actitud conmiserativa. Todas nuestras “malas” ideas y fallidas acciones lo serán por culpa de los demás y no por nuestra mala planeación, por una limitada ejecución, por nuestra vanidad o por nuestro ego desmedido.

Penoso.

La línea divisoria es casi invisible. No todo es culpa nuestra cuando las cosas no se dan, pero acomodarse en la posición de víctima si es nuestra entera responsabilidad.

A mi hijo le toca seguir entrenando, mejorar y pagar “el derecho de piso” de ser nuevo en un equipo de futbol.

A vos, ¿qué te toca hacer para obtener los resultados que aún no llegan? 

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