¿Y si me dan un like?

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Hay algunos temas alrededor de las redes sociales que las hacen divertidas en ocasiones.

Más allá de los que compartimos contenidos y/o chistes, están aquellos que se auto-proclaman superiores moralmente por no depender o utilizar mucho las redes sociales, aunque al final terminen “auto-publicitando” su superioridad moral… en una red social.

También están aquellos como Luis –nombre real-, quien se toma una foto frente al espejo para postearla en una red social pública, pagar publicidad y terminar mendingándole a quien pase por allí: “y si me dan un like”. Tuve que imaginar que es una pregunta, porque ni siquiera usó signos de interrogación.

Abraham Maslow escribió en 1943 sobre la necesidad de afiliación en su famosa pirámide de las necesidades, teoría que apareció en el libro “A theory of human motivation”. Comentaba que las necesidades de afiliación están relacionadas con nuestra naturaleza social y abarca escenarios como las relaciones y la aceptación social, que todos necesitamos, aunque sea para pretender que somos interesantes por llevar una vida “solitaria”.

Y por otro lado, tenemos los que persiguen su necesidad de afiliación definiendo su identidad por ciertos hashtags y etiquetas. Que su religión, que su oficio o profesión, que el deporte que practican, que la universidad donde estudiaron, que el equipo de futbol… y, aunque no lo creas, ¡hasta se creen superiores por tener alguna de esas etiquetas! Pasan a ser ovejas de una secta en la que, usualmente, alguien se aprovecha de ellos.

Yo sé que a efectos prácticos, siempre habrá una etiqueta que nos defina en un momento puntual. Si hacen un estudio de la cantidad de hijos que se tienen, yo estaré en el rango de dos hijos. También estoy entre los que han corrido maratón. O los que tienen estudios universitarios. O los que viven en equis barrio en equis ciudad. Eso no se puede evitar y tampoco es tan malo.

Mi punto hoy es el cómo nos cuesta un mundo aceptarnos tal y como somos. Creemos que la validación externa es la que nos salvará al final del día, pero no caemos en cuenta que mientras eso sucede –si es que llega a suceder, tenemos que andar con nosotros mismos a diario. Nos cuesta aceptarnos porque no nos conocemos, no sabemos qué hacemos acá en esta vida, no tenemos un propósito de legado definido y por eso vamos dando tumbos de aquí a allá.

Temerosos de nosotros mismos, nos asusta todo. Nosotros mismos, los que piensan diferente, lo que está fuera de nuestra zona de “control” -que al final de cuentas tampoco es que controlemos demasiado.

El aceptarnos tal y cual somos es uno de los puntos de partida para vivir una mejor vida. Cuanto más cómodos nos sintamos con nosotros mismos, menos necesitaremos la aprobación de los demás. El foco va a estar en nosotros y a partir de allí es cuando ocurren los verdaderos cambios.

Si vivimos buscando y necesitando la aprobación ajena, nuestra vida pasa a ser una competencia eterna donde todo lo evaluaremos bajo los parámetros de “ganar” o “perder”. Estaremos enfrascados en una lucha de desgaste donde, muchas veces, nuestros ‘oponentes’ ni siquiera saben que lo son o que los tenemos como competencia. Ellos van viviendo su vida ajenos a nuestro rollo mental.

Cuando te decidís a aceptarte a vos mismo y a emprender un camino de mejora continuo, no vas a encontrar límite en cuanto a donde podés llegar. No todo será un “ganar-perder” sino que te enfocarás en ir hacia arriba y hacia adelante, aprendiendo en el camino todo lo necesario para lograrlo.

Buscá tu mejor versión, en lugar de estar buscando likes.

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